Review del Festival Copenhell Dia 2
- 25 ago 2025
- 5 Min. de lectura
La dicha de volver a este gran evento

Pasado un primer día tranquilo, nos dirigimos al segundo día, un poco más tarde de lo
habitual. Pero llegamos a presenciar el primer plato fuerte de la jornada: el concierto de
Bullet for My Valentine, celebrando el aniversario de su disco debut "The Poison".
Con una gran cantidad de público variopinto, desde adolescentes que recién conocían la
banda hasta cuarentones que la descubrieron cuando salió, los galeses salieron con toda
la energía y un sonido demoledor. Esto provocó una respuesta muy poderosa del
público, con muchos moshpits y crowdsurfing.
Aunque durante su set también hubo momentos de emoción y cantos sentidos con los
hits "Tears Don't Fall" y "All These Things I Hate", donde se vio a mucha gente
abrazada cantando cada palabra con énfasis. Sorprendió la mejora en la calidad de
sonido respecto al primer día, y también la voz de Matt Tuck, que, si bien no está al
nivel con el que comenzó, está mucho mejor que hace algunos años, cuando se notaban
problemas vocales. La banda también sonó muy ajustada; la dupla de guitarras era
asesina y la batería llevaba un ritmo poderoso. Con todo esto dicho, concluimos que fue
un muy buen concierto.

Nos dirigimos hacia el escenario terciario a ver a Walls of Jericho, banda de hardcore
conocida por la furia y energía de su vocalista Candace Kucsulain. El comienzo del
show con "The American Dream" y "A Trigger Full of Promises" marcó varios puntos
que condicionaron la presentación. El primero fue el sonido, que nunca llegó a ser
bueno. La batería y la voz estaban demasiado fuertes, mientras que las dos guitarras y el
bajo eran una masa sonora difícil de distinguir. Esto también evidenció muchas
desprolijidades en las interpretaciones, sobre todo en la segunda guitarra, lo cual hizo que
el público tardara en engancharse con el show, ya que recién al cuarto tema se
originaron los primeros pogos, gracias al pedido constante y a la energía de su vocalista,
quien se cargó el show al hombro con gritos desaforados y bailes por todo el escenario.
Ya para el final, el público estaba más conectado, aunque también se notaba que la
cantante había forzado mucho la voz. Sin embargo, esto no impidió que el último tema
lo cantara entre la gente. Una presentación regular, que se sostuvo a base de la potencia
de la líder de la banda y buenas canciones.
Volvimos al escenario principal para ver una de las actuaciones más esperadas de la
jornada: The Cult, y lamento decir que salí muy decepcionado. La calidad de audio fue
buena, pero no deslumbrante, y la banda, salvo en contadas ocasiones, no buscó mucho
interactuar con la audiencia, algo que considero clave en un show de rock. Incluso, por
momentos, el vocalista Ian Astbury parecía enojado por la poca reacción del público,
aunque, honestamente, tampoco hizo mucho esfuerzo por generar otra respuesta.
La lista de temas tampoco ayudó, ya que fue más climática y menos enfocada en los
hits. Recién al final sonaron un par de clásicos, pero no alcanzó. De hecho, varios de sus
temas más festejados no fueron tocados. Una lástima, porque era un concierto que tenía
muchas ganas de disfrutar, pero terminó aburriéndome.

Por suerte, pasada esta desilusión, fuimos a ver a Exodus en el escenario
Pandaemonium, y la alegría volvió a acompañarnos en el festival. Si bien hubo varios
problemas técnicos, esto no opacó una presentación llena de agresión, que desde el
momento en que comenzó "Bonded by Blood" desató un pogo violento que sacudió el
campo y no paró durante todo el set. Y claro, si sonaron auténticas joyas como
"Piranha" o "Deathamphetamine", y clásicos infaltables como "Fabulous Disaster" y
"Strike of the Beast".
El regreso del vocalista Rob Dukes es un acierto. No solo se la pasa vomitando frases
violentas, sino que también se ocupa de que el ánimo no decaiga ni por un milisegundo.
La banda, a su vez, suena ajustada y poderosa, sobre todo el emblemático Gary Holt,
quien no para de escupir riffs demoníacos, y el baterista Tom Hunting, que le pega a la
batería tan fuerte que es increíble pensar que hasta hace poco estuvo luchando contra un
cáncer. Caso contrario a otros grupos con problemas de sonido, Exodus les hizo frente y
los superó a fuerza de agresión, energía y una lista de temas arrolladora.

Por suerte, tuvimos más de una hora de descanso antes del próximo show, por lo que
paramos a degustar varios de los muchos puestos de comida que había en el festival:
desde ahumados a pizzas, y de pastas a hamburguesas veganas. Para satisfacer todo tipo
de paladares.
Ya alrededor de las 22 horas, el escenario Helviti estaba colmado de gente y listo para el
headliner del día: The Prodigy, histórico grupo de música industrial.
Había mucha polémica en cuanto a su inclusión, ya que, por más que sea música pesada,
no es metal y atrae a otro público. Sin embargo, se vio a muchos metaleros disfrutando
del set. Más allá de eso, también es cierto que había gente de otro estilo que no se supo
adaptar a las costumbres metaleras como el crowdsurfing o los circle pits. Igualmente,
la presentación fue una fiesta total, con todo el público bailando y saltando mientras las
canciones poderosas iban sonando. El vocalista Maxim también se tomó unos
momentos para calmar al público, y luego volvió a subir la energía incentivando a
pogos y saltos. A destacar también la extraordinaria puesta en escena, con videos en
pantalla y un juego de luces que por momentos te dejaba ciego. El sonido estuvo bien,
aunque por momentos había excesos de graves que perjudicaban un poco el disfrute.
Pero dejando pasar estos detalles, se puede decir que la fiesta de la electrónica pesada y
oscura se apoderó del Copenhell.
Luego de esto, el equipo se dividió para poder ver shows que estaban programados al
mismo horario. Matías, nuestro fotógrafo, se fue a ver a Lorna Shore y del show me
comentó:
“Lo que hicieron fue simplemente devastador: una descarga de deathcore sinfónico que
te volaba la cabeza y te sacudía el alma. Cada tema fue una avalancha de oscuridad,
técnica y emoción, con un repaso infernal por su obra maestra "Pain Remains",
llevándonos del abismo al éxtasis en cuestión de segundos. También presentaron
"Oblivion", un adelanto demoledor de su próximo disco, que sonó como el fin del
mundo en cámara lenta. Fuego, potencia y una entrega absoluta sobre el escenario. Un
final de jornada apoteósico, de esos que te dejan el cuello roto y el corazón latiendo a
doble bombo”.

Por mi parte, me fui a ver el concierto de Abbath, tocando temas de Immortal en el
escenario terciario. Con una banda ya consolidada, nuestro querido Abbath empezó su
set con cinco canciones de las más conocidas de su antiguo grupo, como "In My
Kingdom Cold" y "All Shall Fall", y para la segunda mitad del show guardó todas las
rarezas como "Mountains of Might" y "Withstand the Fall of Time".
El concierto fue un despliegue de carisma por parte del vocalista y guitarrista noruego,
quien no paró de hacer sus famosos pasos de baile, incentivar al público a gritar e
incluso escupió fuego con una antorcha, como en sus primeros años. Las canciones
sonaron realmente ajustadas, con mínimas diferencias respecto a las versiones
originales, lo cual aportó frescura al show y demuestra la calidad de los músicos que lo
acompañan hoy día. Todo esto, con un sonido brillante y nítido. Una de mis
presentaciones favoritas del festival.
Así se fue el segundo día, con más conciertos memorables que el primero y mejoras
notables en el sonido. Pero todavía nos quedaban dos días más, y, a nuestro parecer, los
mejores. Así que espero que lean las siguientes dos reseñas en donde se refleja todo eso.
Por Ignacio Azzarita
Fotos: Matías Zorrilla






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