No hace falta presentar al Ruso Verea y su vinculación con Riff

Una charla esencial con el periodista que fue plomo y fan de la banda




El Ruso Verea es, sin duda, un referente del periodismo metálico argentino. Lo contactamos para que nos contara su vinculación con los inicios de Riff y en especial con ese show en Ferro que prácticamente selló esa primera etapa con la separación de la banda.


¿A cuándo se remonta tu amistad con los músicos de Riff?

Al primer día, al primer show en el teatro Sala Uno en la calle Boulogne Sur Mer. De ahí en más me convertí en seguidor. Un día, en un festival de carnaval que se hizo en el club YPF, donde Riff iba a tocar, yo estaba con mi mujer y estuvimos tomando algo de manera muy casual con Boff y con Vitico, y de ahí en más empezó una relación mucho más directa con ellos porque íbamos a todos los shows. Después afiancé mucho más el vínculo porque ellos venían mucho a la casa del Yeti (Carlos Canosa) y yo soy padrino de una de sus hijas. Luego el contacto con ellos siguió un tiempo corto en donde la relación creció, después pasó lo de Ferro y seguimos viéndonos mucho más seguido.


¿Estuviste en ensayos en la casa de Pappo?

No, pero sí en el taller una sola vez y nada más.


¿En Ferro del 83 fuiste asistente?

Sí, y asistí justo al lado de Pappo y de Danny Peyronel. Fue compartir un rato en el medio de una batalla. Yo estuve dos días y medio metido en Ferro durmiendo ahí e hice de todo: desde el armado del escenario hasta la llegada de equipos, más el colgado de los fierros. La realidad es que, después de que tuvo que pararse el show de Los Violadores, estaba preparado un desfile de modelos de M57 y de Little Stone (auspiciantes del evento), las minas estaban aterradas abajo del escenario y la gente rompió todo. Avanzó al campo y todo esto pasó en la vieja tribuna visitante de Ferro. Después se transformó en ver cómo lograr que el show de Riff no se parara ni que nos roben nada y que todo funcione. Pero fue muy difícil, a tal punto que no terminó. Duró

un rato largo, pero lo que se tenía planeado para seguir tocando no se pudo hacer. Ese día pasó de todo.




¿Qué pasaba con Danny y el público?

Con Danny Peyronel pasaba esa cosa eterna nuestra de elegir un enemigo y la verdad es que es un tipo excepcional y un músico de puta madre, que venía a sumar, pero a la gente no le cayó bien y fue un poco el blanco de esa noche. Yo, ese día, le atajé un porrón que iba directo a su cabeza, no sé si le salvé la vida, pero casi. Me acuerdo que, terminado el show y habiendo desarmado todo, él estaba con su mujer inglesa y yo lo acompañé hasta la puerta del auto llevándole el teclado, porque también había que hacer que se sintiera lo más tranquilo y cómodo posible. Después no lo vi nunca más a Danny. Ese día pasó de todo, como que un loco se subía al escenario con una cadena y golpeaba el piso cerca de donde estaba Danny, hasta que armamos unas tretas como para sacarle la cadena porque si no nos iba a matar a todos.


Contamos, por favor, la anécdota de cuando Pappo pasó por tu parrilla a hacer choripanes.

Eso fue un domingo y Pappo llegó para comer porque andaría por Avellaneda. En frente había un cine que hoy ya no está, sobre la calle Maipú (justo cuando se baja el puente cuando uno viene de Capital para Avellaneda) y ahí en una ochava estaba la parrilla. Había mucha gente y había faltado el parrillero, entonces Pappo se sacó la campera, golpeó al que hacía las ensaladas, entró, me preguntó cómo hacía los chorizos y con cuántos huesos cortaba la porción de asado para servir y se puso a atender. La anécdota termina cuando al final vienen cuatro chabones a tomar vino y nosotros, por una regla, no entregábamos alcohol sin consumir algo de carne. Entonces se pidieron cuatro choripanes: yo llevé los dos primeros y Pappo los últimos dos, y mientras todo esto pasaba uno de los pibes les decía a los otros: “Loco, el de la parrilla es Pappo”. Entonces Pappo les dejó los choripanes y les dice: “Soy Pappo, ¡¿qué, no puedo hacer

chorizos?!”. Palabras más, palabras menos, los pibes se volvieron locos. Por supuesto que el Carpo los cagó a pedos y les dijo: “A tomar el vino, a comerse lo choripanes y a volar que tenemos que cerrar”.


¿Estuviste en la fecha de Motörhead y Riff en La Plata?

Sí, claro que estuve, obviamente. La impresión que me quedó es que las dos bandas tenían mucho en común y, cuando digo mucho en común, es esto: el rock and roll. Esencialmente era eso, de ahí que Phil Campbell se vuelve loco a un costado del escenario y después terminan invitándolo a tocar. Le cuelgan una guitarra, enchufa y sale a tocar con Riff. Fue una fecha soñada por que era el hipódromo de La Plata y por tener que caminar por el costado de la estación de trenes e ir hasta el fondo, hasta el hipódromo. Todo eso fue parte de lo marginal de todo esto. También por la manera en la cual estaba armado el escenario. Ese día, por ejemplo, a Lemmy se le cortó una cuerda del bajo y cantó una canción sin el bajo y haciendo gestos como si fuera un frontman, aunque no era su costumbre y se lo veía raro. Fue una fecha inolvidable y motivadora porque yo conocía a los Riff y sabía positivamente que, cuando se lanzaran, iban a salir a matar por una simple razón: porque después venía Motörhead. Y ese fue un momento

grandioso. Igual, “el momento” de esa noche fue cuando Campbell aparece en un costado del escenario y estaba como loco con Riff, sacado, y bastó para que le colgaran una guitarra y saliera a tocar con ellos.


¿Cuál es tu disco preferido de Riff y por qué?

Cada disco de Riff, aun y a pesar de cómo estaban grabados, y de lo mal que sonaban (Riff era una banda que sonaba diez veces mejor en vivo de lo sonaba cuando grababan los discos), me parece que tienen perlas. Los discos de Riff tienen perlas. En cada álbum uno se encuentra con cuatro o cinco temas que son inolvidables, así que no podría elegir uno. El negro (“Que Sea Rock”) es el que mejor está grabado. Y en ese negro hay uno de los mejores temas que es “En La Ciudad Del Gran Río”, más allá del tema “Que Sea Rock” y de todo lo otro que entregaron. Pero no podría elegir un solo disco porque siempre vuelvo al primero, paso por el segundo, me voy al negro, vuelvo a “Contenidos” y me gusta.




¿Qué representa Pappo, según vos, para la música argentina?

Pappo es todo eso que resume el sueño del rockero de un lugar en el mundo como el nuestro: el tipo de un barrio que aspira a tocar un instrumento que, por cuestiones de necesidades o vagancia, no llega a estudiar y que, de manera autodidacta, se transforma en un ícono, hace de su instrumento una parte del cuerpo y transforma la música desde un lugar del mundo como éste. Yo siempre digo que hay que agarrar el disco “Pappo y Amigos” completo y hacérselo escuchar a todo aspirante de guitarrista de rock and roll. Ahí vas a encontrar riffs, estructuras y melodías musicales relacionadas con el rock de un tipo que es nuestro, que salió de acá y que nos nutrió a todos. Que uno de los ídolos de Pappo sea Peter Green muestra la sutileza y la calidad de escucha de Pappo, a la vez del porqué Pappo tocaba como tocaba.


¿Qué opinión te merece el regreso de 2018?

Me parece que pueden hacer lo que quieran porque Vitico fue Riff, porque JAF fue una parte de Riff, porque al estar el hijo de Moro es como honrar un poco a Oscar y porque al aparecer Boff de nuevo, es darle a él ese lugar que siempre ocupó y que se merece (porque Boff fue muy importante en la estructura de Riff). Y me gusta pensarlo más como un homenaje, un recuerdo y una reconciliación con una parte de una banda que, sin ninguna duda, en el rock nuestro, hizo historia. Apareció Riff para que otra vez el rock and roll volviera a tener lo que tenía que tener, y hablo de esos “ochentas”. Un par de décadas después, que se recuerde eso, me parece que está bueno. Y repito, que cada uno haga lo que quiera. Se lo merecen, se lo ganaron.


Por Sergio Giambruni